Pero ahora debemos de cuidarnos; evitar que sus fanáticos seguidores adictos y truqueros lo saquen de su tumba y lo declaren resucitado, tal Jesús.
Sin embargo, a pesar de que sus trucos mágicos fueron descubiertos y denunciados como fraudulentos, por siempre estaremos escuchando a sus seguidores decir que fue un ser iluminado enviado por Dios a la Tierra para guiar las almas. Demostrado está: el hombre con tal de conseguir la inmortalidad es capaz de creer en el más imposible de los mitos. Y esto lo saben los sacerdotes, pastores y religiosos que manipulan y explotan con cinismo esta profunda y noble necesidad que experimentan sus creyentes.
Sin embargo, es inútil advertir estas cosas, cada día salen millones de tontos a la calle en procura de que lo engañen.
Como ambiciosos y estúpidos que son, no les importa otra cosa: recibir la promesa de que serán inmortales.
Sai Baba ha muerto, pero cuidémonos de sus babas porque de ellas saldrán miles de embaucadores, cínicos y estafadores religiosos que, conscientes de sus "mentiras de fe", les prometen paraísos de vida eterna a las gentes.

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