viernes 9 de diciembre de 2011

El arte de la mentira

 (A los curas, por haber cultivado con afán el arte de la mentira)

"El arte de la mentira" es el título de un artículo recién publicado por el culto escritor y pensador Miguel Guerrero.

Lo he tomado íntegramente, colocando en paréntesis lo que podrían ser "mis" comentarios, atendiendo a otro artículo que escribió Guerrero, donde destaca que en las "entrevistas realizadas a personalidades de la Iglesia. Obispos y sacerdotes (salen) hablando de todo, menos de asuntos relacionados con la fe y sus ministerios", callan sus vigas y las ven en ojos ajenos. Pero veamos lo que pudo ser mi artículo, el otro Yo del autocensurado y diplomático Dr. Merengue:

<< La mentira es una práctica habitual entre los políticos (y mucho más en los religiosos) dominicanos. Lo ha sido así a lo largo de nuestra historia (desde Colón) por una razón muy simple: nadie ha pagado jamás el precio de engañar al país (nuestros historiadores cómplices ocultan que la Iglesia persiguió a los Padres de la Patria, apoyando a Santana). A causa de ello, la mentira ha jugado un papel de primer orden en la carrera de la mayoría de los líderes (religiosos) que han (vivido medrando del poder) alcanzado el poder o aspiran a conseguirlo (y que se tiran como ratones cuando ven que "se hunde el barco").

La verdad es que en nuestra cultura la mentira no es un pecado, ni razón para avergonzarse. Se aprende en los hogares y en las escuelas (y mucho mejor en las Iglesias donde están los maestros jabladores). Los padres mienten para justificar la inasistencia de sus hijos en un día de clases. Mentimos para explicar la llegada tarde al trabajo (y para venderle un Cielo inexistente a los pendejos). Y hacemos de ella un instrumento de la vida diaria. Pero en la actividad política (y más la religiosa), la mentira ha servido para preservar privilegios, liderazgos y programas económicos nefastos para la población, pero increíblemente beneficiosos para una clase (religiosa que desde siempre ha vivido arrimada) al poder con la fuerza de un buen cemento.

Parecería incluso que a los dominicanos les agrada el que sus líderes (religiosos) les mientan (y les ofrezcan el Cielo). De otra manera resultaría muy difícil entender la tranquilidad y la conformidad con que se aceptan las promesas más absurdas e irrealistas (vida eterna, paraíso, infierno etc. quizás en estas fantásticas propuestas religiosas, mucho más absurdas e irrealistas que las políticas, podemos encontrar el origen de "la cultura de la mentira y el engañó" que nos impulsa a aceptar y a formular todo tipo de propuestas absurdas e irreales que denuncia Guerrero). Ni siquiera los medios de comunicación, llamados por su compromiso (pero autocensurados) a resaltar las falsas cualidades del liderazgo (religioso) nacional, honran esta obligación elemental (¡deshonrados!). No se requiere de un estudio a fondo para descubrir esta característica del quehacer político (y mucho más el religioso) dominicano.

Al igual que la corrupción, la mentira, llevada casi a la altura de un arte en el medio político (y religioso) local, se parece mucho a una competencia olímpica. A aquella en que cuatro corredores se pasan el palo cada cien metros planos hasta llegar hasta una meta. Como en la competición, los políticos (y más los religiosos) de nuestro país no se detienen nunca. Prometen y prometen (la mayor de las mentiras, un Cielo inexistente). Utilizan la pobreza del pueblo para granjearse (sin grajearse) simpatías (adeptos y creyentes), explotando para su provecho personal las necesidades y el sufrimiento humano (explotando la necesidad de vida eterna que ambicionan y procuran todos los seres humanos). >>

Hasta aquí el escrito.

Entonces, hablando de "El arte de la mentira" ¿Quién es más "jablador", el político que nos ofrece un acueducto rural o el cura que nos ofrece el Paraíso? ¿El que ofrece tarjetas de solidaridad o el que ofrece milagros imposibles? Señores: Si existe un ser más jablador e incumplidor que un político debemos buscarlo en los altares. Los políticos debieran estar eternamente agradecidos de los curas porque han adiestrado a los pueblos a creer en tonterías, porque han hecho de la fantasía y la mentira una pandemia, toda una cultura.

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